África. Un estado del alma. Llegada a Gambia. Día 1

“Esto es tuyo?” Le digo en inglés al chico negro y grande que se sienta tras de mí en el avión mientras yo permanezco con un pie sobre mi asiento, y tras comprobar que su maleta está colocada a lo ancho en lugar de a lo largo, condenando mi mochila al confinamiento así como mi fe en la especie humana. Con un gesto a cámara lenta me confirma. Resoplo y mascullo entre dientes –hay que ser imbécil joder– le dirijo a un Valenciano temeroso de protagonizar otro capítulo de enajenación mental a bordo.

Pero nada más salir del avión, cuatro horas después, la primera cata del lugar me da tal calambrazo que no puedo contener las lágrimas y me echo a llorar. Ahí mismo, nada más salir del avión. Sería el sol, el aroma a verano, a exuberancia, a queroseno, a viaje, a lo que estaba por venir. Me emocioné. No pude soportar la intensidad del momento. Pues vaya tontería, pensé, lo de la maleta digo. En la vida normal debo estar haciendo lo mismo. He de empezar a pensar ya a lo grande.

Tampoco pude contener las lágrimas en el tránsito aeroportuario, ni en el coche de camino al camping, ni tampoco en el propio camping, al llegar, donde todo era verde, maravilloso, curioso y paradisíaco.

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Yo nunca había estado aquí y me lo tuve que inventar pero ya en el camino vi que era todo tal y como la información que me había llegado: caminos rojos de tierra, polvo flotando en avenidas anchas, basura, bullicio, cacharros viejos y oxidados, mujeres cargando enseres sobre sus cabezas, telas y colores y peinados y turbantes y tocados imposibles e impensables para las occidentales y más aún para mí que no solo soy inútil en la disposición y nudos del pañuelo sobre mi cabeza si no que tengo pelo de rata enferma y me quedaba embobada admirando los estilismos trenzados y largos propios de sus chicas. Y esos culos. En fin, envidia, creo que lo llaman.

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Por la tarde a pie o en guele guele seguí inhalando cada cosa que veía.

No había un solo rincón que considerara baladí, trivial, insignificante. Los árboles, el sol, las sombras, el tráfico, las furgonetas cargadas, los talleres de motos, los chavales, los atuendos de las chicas, los rastas, un bar, una tienda, la música, nuestros zapatos emborronados,… estar ahí. Con eso tenía suficiente.

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Y entonces entiendo al Valenciano y su furia siempre por escapar a toda costa, la urgencia siempre presente por huir de la corriente hacia la búsqueda de la palpitación, de momentos sublimes, de ese algo valioso que recordar cuando se apaguen las luces. Vivir es esto. África es esto. En todo su esplendor. África no es un lugar sino un estado del alma.

……. …… ….  ……….

Las chicas son tan guapas y desprenden tal exuberancia entremezclada con exotismo que ponen en jaque mi heterosexualidad. “Hasta ahí podíamos llegar” pienso. Ya me bastó la India para volverme muy loca. Y con una sola imagen en mi mente enferma reestablezco el sistema.

Pero aún así al salir de un restaurante algo exquisito donde te sirven zumos de mango y el susurro de un piano inunda la terraza y acompaña el atardecer, le digo a mi compañero -“no hay nada especial en las occidentales, somos como el fondo de armario, no desprendemos nada mira las japonesas, con sus vestidos de encaje y sus calcetines por las rodillas, dulzura e inocencia; las indias, y su belleza envuelta en saris, misterio y reserva; las árabes, tan guapas y morenas que hasta el pañuelo ese arruinailusiones les sienta bien; y aquí las negras ya ves, abundancia por los cuatro costados y la atracción de lo lejano, exotismo salvaje. Yo no tengo nada que ofrecerte, las blancas no tenemos ninguna particularidad, nada que nos defina.”

Etiquetas y tópicos y prejuicios enfermizos lo sé. Pero no van por ahí los tiros. Dios me libre. Hablo de mí. De nosotros. Hablo de un amor tan loco y tan intenso tan exaltado, enfermizo y vicioso y de una entrega tal y tan furiosa y de unos celos y encima a contrarreloj, que vivo con la sensación de que todo lo que yo pueda dar me sabe a poco.

Ni faldas de monedas sobre el culo desnudo, ni bailes tullidos intentando imitar la danza del vientre, ni candelabros sobre la cabeza, ni complementos occidentales convertidos en saris improvisados -qué risas aquel día en Siliguri-, soy occidental maldita sea, nada de eso funciona!!

Así que ahora estoy barajando otras opciones más… próximas, cercanas, como un traje de azafata o de espía soviética, e interrogarle, con tono de la KGB, o de faralaes que es muy castizo, o de fallera mayor que es más nuestro aún, producto de la terreta esta que es Valencia.

En fin, será la crisis de los cuarenta….

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