Crónica de un viaje a Marruecos. De Merzouga a Agadir y otras reflexiones

A las 4 de la tarde aún nos faltaba la mitad del camino por hacer hasta llegar a casa. Unos 350 km. Volvemos al oasis. A Taghjijt. Dormimos ahí para al día siguiente despedirnos de Hussein y compañía y emprender el viaje de vuelta a Agadir. Ya solos.

Pero antes de salir del pueblo de Taghjijt nos hemos adentrado en él para ir al banco y a echar gasolina y me ha parecido de repente todo muy curioso. Las gentes que lo habitan parecen casi haber salido de la biblia. Del año 0. Ya habíamos pasado por aquí antes, el primer día, recién llegados, cuando cogimos la moto de Hussein y nos quedamos tirados por falta de gasolina, pero no me había dado cuenta. Parece que hay lugares que necesitan, rectifico, por los que necesitas pasar un par de veces para verlos con otros ojos. Hasta puedo llegar a entender qué fue lo que vio el valenciano para dejarse atrapar por este lugar y convertirlo en su segunda casa.

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Yo en cambio sigo muy mal de lo mío, porque a pesar de mis esfuerzos en no redirigirlo todo hacia mi terreno, que es algo que me había autoimpuesto en este viaje, no lo consigo y estoy siendo envestida por ráfagas de pesimismo occidental una y otra vez y otra y otra hasta que, ya en Tamanart, un pueblito en el que paramos con la excusa de visitar la ciudad vieja que se ve desde la carretera, la cosa me acaba venciendo a los pies de la kasbah y acabo malhumorada ante el pensamiento de una existencia atrapada en una circularidad cuya divisa a pagar es dejar que la felicidad pase de largo. Peliculera que es una.

Y es que mis posiciones a cada viaje por lo que voy comprobando, se van reafirmando y no se trata de intolerancia ni intolerancio, se trata de que no entiendo nada y no solo porque sea occidental y aún a estas alturas -cinco años llevamos ya yendo y viniendo- arrastre y disfrute de su fuerza centrípeta, es por propio carácter. Por mi enemistad acérrima a lo tradicional, y amistad por los excesos, por mi tendencia a la desobediencia y al destape, mi carácter impulsivo e insumiso y sobre todo por mi aversión a la religión, y si yo no hubiera sido así señores, no hubiera perdido los papeles y no estaría aquí en Marruecos, ni estaría con el valenciano, ni hubiera descubierto mi destino extraordinario, ni hubiera vivido los últimos años en el país de las maravillas, ni hubiera traspasado las fronteras del amor, ni sabría qué se siente yendo en moto por La India, ni sabría que la Rusia helada me cautiva, ni que vendo mi alma al diablo por un poquito del África negra y otras sustancias, ni recordaría China con una sonrisa, ni me habría jugado el pellejo y la salud mental dejando a los míos en la cuneta.

Una vez más mis opiniones o sentimientos o rencores o lo que sea esta maldad que me acecha acaba interponiéndose entre mi persona y el mundo y me torpedea y no me deja vivir ni ver más allá de mi ombligo así que me paro y autointercepto antes de que sea demasiado tarde y me convierta en Marilyn Manson y entre en bucle de fuego a discreción. Que una vez alcanzo ese punto no hay quien lo pare.

Así que aunque yo aquí hubiera perecido porque me recuerda mucho a mi pueblo y a la vida en círculos, me debo una conversación conmigo misma y la tengo y consigo dejar de beber de occidente y de mis raíces, que son más profundas de lo que pensaba y me pican, es como tener una piedra en el zapato, y entonces de repente levanto la mirada y veo que estamos caminando por una kasbah de mil años y que me lo estoy perdiendo todo, ensimismada en mis desvaríos con o sin sentido. Mientras, el valenciano, que no sé si me estaba leyendo la mente o adivinando la mirada perdida, o simplemente se aprovecha de mi occidentalidad y poco recato, me coge por banda y en una de las habitaciones de lo que queda en pie de la ciudad vieja, en la que hace mil años la familia servía té sobre la alfombra con sus hijos, me recuerda quienes somos.

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Después le pregunto: ¿Y antes a qué venías aquí antes? / A pasear, a conocerlo, a ver a amigos, a comprar artesanía,… a comprar artesanía?, madre mía menos mal que me ha conocido y también le he puesto en su sitio, aunque puede que me mienta y se dedicara a profanar palmeras sagradas por ahí, total, el también es fuego, pero prefiero creérmelo antes que enfrentar mi psique al poder destructivo de mi imaginación perversa y de gatillo fácil y no abrir más frentes, y seguir siendo la misma novia enferma y posesiva de siempre, y más ahora que he dejado de escuchar voces de la India y vuelvo a tener el dominio sobre mi mente.

Así que lo guardo todo en un cajón y nos vamos a comer. Allí, en Tamanart.

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Unos kilómetros más tarde, al recuperar la carretera y el juicio, el mundo sigue haciéndome callar, impresionándonos con paisajes de esos indiscutibles que pueden interponerse al pensamiento de uno por muy gilipollas, hermético y occidental que sea. Y es que hace años, desde Tamanart hasta Tafraout, según apunta mi compañero exmorador del desierto, o mejor dicho desde Igmir hasta Tafraout, no existía manera humana de salvar la distancia a no ser que fuera en todoterreno o en nave espacial o a pie o en burro a causa del tablero en mal estado pero el nuevo puerto de montaña, que por cierto había un trozo desprendido sobre el lecho del oasis de Igmir, no solo facilita las cosas y ahorra tiempo y ganas de vivir, si no que en ese tramo se esconden unos cañones de tal contundencia que mezclados con el atardecer, como nos los encontramos nosotros, que lo llenó todo de un rojo infernal, se llevó por delante tonterías y herencias y me abstrajo de mis pensamientos mundanos y recordó por qué viajamos. Para alcanzar momentos sublimes. No para entender nada.

Por otra parte estos días pasados de coche y ruta he visto muchos chicos haciendo autostop. Y me propuse recogerlos a todos cuando estuviéramos solos con el coche alquilado. A mí el autostop me da pánico -aunque viéndome en Kamchatka hace un par de meses nadie lo diría, que no todo lo que descubre una de una misma iba a ser malo, un respeto- pero no por miedo si no por vergüenza, pero Marruecos me ha ayudado a verlo con otros ojos, no como una oportunidad de ser humillado ante el abandono de un ser superior que tiene el poder de sacarte de la tesitura, si no como una red de ayuda.

Ya es oscuro en nuestro camino a Tafraout, donde hemos decidido pernoctar para seguir conociendo esta zona al día siguiente y adentrarnos en un oasis, y no dejo de apartar los ojos de la cuneta en busca de gente a la que poder tender la mano y acercarme a ellos y a su forma de vivir.

Recogemos a dos chicos y obligo al valenciano a hacer de traductor a dos bandas. Son dos jóvenes alicatadores que se buscan la vida por aquí y por allá. Ahora salían del curro y se dirigían a Tafraout a dormir. Y si no pasa nadie? les pregunto, pues tocamos a alguna puerta y nos quedamos a dormir en su casa.

Así de fácil.

No me imagino eso en España. Donde todo el mundo tiene miedo de todo el mundo. Con decir que hace años cogí a dos autostopistas y en mi casa, al enterarse, me aplicaron el método Ludovico.

PD. Pues ahora resulta que wordpress me ha limitado las imágenes que puedo subir y como yo paso de solventarlo, porque esto es puro entretenimiento y no quiero que se convierta en un dolor y además yo decido con qué cosas puedo o no permitirme perder los nervios, he decidido que no me quedará otra que linkear la página a instagram.

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