Crónica de un viaje a Marruecos. Sidi Ifni

Con Sidi Ifni me ha pasado lo mismo que me ha pasado con otras tantas ciudades, que la indiferencia campa a sus anchas hasta que entro en un museo y luego, al salir, empiezo a ver su herencia en cada rincón de la ciudad. Porque la historia está ahí y todos la sabemos pero me pirran los detalles y la jerga militar y los recovecos históricos, y esto de entrar en un museo es como el cortar jamón. Un no parar.

Sidi Ifni guarda una historia surrealista y delirante, un pasado olvidado por unos e imposible de olvidar por otros. Es una ciudad con una gran carga nostálgica por lo que veo y cuya trayectoria o papel o cómo trascendieron los acontecimientos en la historia ha forjado caracteres peculiares en algunos hasta el punto de elevarlos a la categoría de personajes.

Lo digo por Kevir, un señor de casi setenta años que al escucharnos españoles, se nos acercó y cogiéndonos por los hombros, nos iba haciendo un recorrido por la periferia de la ciudad y por su infancia, a merced de nuestro interrogatorio, ansiosos que estábamos por tener un testigo directo de cómo se vivía aquí hace cincuenta años; lo digo por Rubio, un nostálgico del pasado español, un detractor de lo propio, de su casa, de su religión, un vividor, un fumador, un bebedor, con muchas batallitas cuyos finales se saldaban siempre con una risa histriónica e inducida, deduzco, por el desprecio que en parte siente hacia su patria, su rutina, su gente y por sus recuerdos de niño; y lo digo también por ese tipo extraño con boina, bigote a lo Dalí y un periódico rodado en una mano, que nos asaltó en la playa ya oscura y hablamos y hablamos y andamos y hablamos más, e interrumpía de repente la conversación para ponerse a cantar al viento con una mano apuntando al cielo, y que se refería a él mismo como un artista, con un talento especial, un don, innato, para la música y el arte en general y miraba al resto de mortales con inquina, incapaces de apreciar el arte y distinguirlo de un churro. De hecho se hacía llamar Elbachir, que en árabe significa sabio o maestro.

Pero eso será después o mañana, ahora estamos en el museo de la resistencia y liberación de Ifni y sigo con saña el recorrido, dos salas con imágenes y cuyas letras que subscriben a cada una de ellas me han hecho vibrar.

El rey en la reunión con saharauis, negociaciones sobre la independencia, su majestad en su visita a España, el regreso de su majestad de su exilio a la patria, su majestad traza los eventos de resistencia, operación de martirio el 11 de septiembre de 1953, bloqueo del palacio real por las fuerzas coloniales francesas durante el exilio del héroe de liberación, discurso de la princesa Lala Aisha con motivo de la visita de Tánger en el 47, soldados marroquíes en la II guerra mundial para liberar a Francia de los nazis,… y más, ya en la otra sala… extracto del periódico al-alam historia completa del conflicto, extracto periódicos al-alam: atrocidades españolas en Sidi Ifni, entrega de prisioneros españoles en Rabat con el embajador de España, ya en el 69: los medios nacionales cubren el evento de la recuperación de la ciudad 30 de junio del 69, fuerzas policiales entrando en Sidi Ifni después de recuperarla en el 69, saludos a la bandera tras recuperar la ciudad a la patria 30 de junio, celebraciones de recuperación de la ciudad, combatientes de la resistencia y miembros de EDL en la prisión de Canarias, y este: el régimen de Franco decidió mantener este trozo de arena, piedras y lagartijas en un conflicto que no solo le costó 300 víctimas sino que recubrió bajo un velo de silencio (los españoles no sabían que el país estaba en guerra), medio siglo después los soldados que sobrevivieron, los excombatientes, los veteranos, reclaman un lugar en los libros… Sobrecogedor.

En la sala que es la entrada hay un rotativo de una revista marroquí y un libro de visitas. La mayoría de notas están escritas en árabe y en francés pero también las hay en español. Los miembros de una asociación catalana visitan la ciudad de vez en cuando, y sus palabras destilan añoranza. Han aportado enseres al museo y agradecen siempre el buen recibimiento a esta ciudad que los acontecimientos convirtieron en su segunda casa.

En la planta primera está la biblioteca pero como esto es como las drogas y yo no sé decir basta y el valenciano lo sabe, es él quien tiene que animarme a salir y a recuperar la vida y el aliento y volver al presente, mientras yo hago como que lo escucho para hacer tiempo mientras voy disparando fotos al vuelo del libro de la Asociación Catalana susodicha, de los veteranos de Sidi Ifni, con el fin de quedarme con todo lo que pueda, y nos vamos pero me prometo, al llegar a casa, bucear en las anécdotas de esos jóvenes de antaño, convertidos hoy en abuelos, que se dejaron parte de su juventud en una contienda que no entendían, atrapados en una tierra que les era ajena, en la que encontraron desconcierto y la soledad, contando únicamente con la solidaridad fraternal de sus compañeros. Un asedio para el que ninguno estaba preparado pues eran unos chiquillos haciendo la mili, mandados a primera fila sin apenas instrucciones y sin saber qué iba a pasar, que aprenderían a descargar mosquetones por el camino, que esquivaban los envites bélicos de oleadas de miembros del ejército promarroquí, con sus aliados bereberes, muchos, envalentonados y bien equipados, en alpargatas y con lo que tenían, (he leído que desde los mandos de la península se les obligaba a salir de noche para recuperar los paracaídas para reutilizarlos y que de los 90 pepinos lanzados por los barcos bombarderos en apoyo a las tropas de tierra estallaron solo una docena, al parecer nada funcionaba), mientras la población de Ifni era abastecida por mar, de municiones, víveres y refuerzos. Unos desembarcos penosos que eran torpedeados por un oleaje violento y salvaban con dos anfibios prestados, por los franceses, primero y por el invento del puerto teleférico, después, una obra colosal, costosa y única en el mundo que duró dos años y hoy es pasto de tiempo.

El libro es una maravillosa recopilación de imágenes no solo de la ciudad de entonces y de carácter divulgativo, si no «una obra de aquellos espontáneos jóvenes (…) que se valieron de antiguas cámaras para dejar testigo de la que fue la inquietante vida en los Territorios, en especial en tiempos de guerra, fotografías que conservan su encanto y la ingenuidad que plasman ciertos momentos». 

Todos recuerdan esa época, tanto españoles como locales. De una manera, de otra y con su particular visión.

Un veterano en el libro de visitas, en 2016, escribe:

«Soldado español en esta bella tierra, siempre la llevo en mi corazón y la considero una parte de mí. Soldado del grupo de Tiradores 2»

Firma un tal Carlos A. Fernández

Al salir todo es diferente. La ciudad es como un libro abierto. Y vamos andando a medida que la voy leyendo e interpretando y voy pasando páginas, entendiéndolo todo. O entendiendo más.

EL puerto teleférico guarda en su interior los vagones, rojos y oxidados, suspendidos en las alturas, y que de torre en torre, hace 50 años se adentraban en el mar unos pocos kilómetros hasta llegar a un islote al que llegaban los barcos y que servía de muelle de descarga grúas mediante.

En el aeropuerto, ahí donde setenta y cinco soldados fueron reunidos, tras ser llamados a filas a las cinco de la madrugada un día de finales de noviembre del 57 por el capitán y de los nervios no atinaban los botones del uniforme,… para ser trasladados con los aviones, que aguardaban sobre la pista, hacia su nuevo destino, ahora no quedan más que piedras, bajo las que si se mira bien, se adivina la pista de aterrizaje.

Aún quedan edificios que pertenecen al estado español como el de hacienda, cayéndose a pedazos. Junto al escudo franquista. Quedaban una docena y uno a uno fueron vendiéndose. No sé cuantos siguen siendo de administración española.

La iglesia es ahora un juzgado y a su campanario nos dejaron subir, sorteando pilas de papeles y comprobando que las campanas siguen ahí arriba aunque eso sí, descansando sobre el suelo. El altar es ahora un estrado, la sacristía un despacho con funcionarios atareados y sonrientes, y así todo.

En el cementerio español pensábamos encontrar algo pero cuando el estado español se marchó se lo llevó todo, nos dijeron, los muertos fueron lo último.

Todo me parece sobrecogedor.

Y una vez más me acerco un poquito más a esta tierra que nada tiene de mí ni yo de ella pero que por medio de vidas ajenas y los estertores que aún perduran, aprendo a mirar el mundo con otros ojos, lejos de mi ombligo de oro y de occidentalismos baratos.

Y es que si es la gente la que hace de los lugares inolvidables, Marruecos en eso se lleva la palma.

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