Volvemos a la India

No hace falta que diga que la India no me sentó demasiado bien. Y no me refiero al malestar físico al que me arrastró, con fiebres, náuseas, pesadillas, un asco infinito a todo, incluso a lo que no era comida, una potera crónica y una desesperación extrema que me convirtieron en una piltrafa humana, llorando a la vez que maldiciendo, de día y de noche, despertándome en la madrugada entre sudores y deseando salir de ahí más pronto que tarde para volver a casa y recuperar las ganas de vivir.

Me refiero a la salud mental. Me refiero a la incomprensión y a mi falta de recursos para validar algunos criterios. Que me deslizaron hasta el cajón de la negación más absoluta y que me mantuvieron presa en un estado de violencia del que no he vuelto a salir jamás por falta de actitud y herramientas para reparar el daño. Digamos que yo después de la India me convertí en una versión chunga de Carrie, y abandoné mi cuerpo de adulto pensante para adentrarme en el maravilloso mundo del subconsciente, esa apartada orilla donde no brillan mas que los pensamientos únicos y estereotipados, y la irracionalidad, y desde luego se respira peor.

Una posición terca que flaco favor me hace en mi relación con el mundo y las criaturas que lo pueblan, sobre todo el Valenciano, que sufre en sus carnes mis arranques de ira cuando se nombra a la bicha, pero que acogió de buen agrado esa fase por la que pasamos en la que me convertí en ama sado, imagino que una estrategia de mi mente para obtener cierto empoderamiento como mujer. Aquel verano no salimos de España.

La cuestión es que vale, no tolero algunos códigos o criterios ajenos, y visto lo visto ya no las voy a entender así que me he visto obligada a desarrollar algunas técnicas de supervivencia para al menos aparentar ser una persona normal y relajada cuando la cosa se pone fea y no puedo huir ni hacer uso de pelotas de goma, para no acabar profiriendo insultos a todo el mundo con cara de asesino en serie exaltado. Como la última vez. En el aeropuerto de Delhi.

Y es que ahí precisamente reside el problema, en que solo dependo de mí misma. Estoy sola en esto. Sola conmigo misma, o lo que es lo mismo, encerrada en una habitación con un tigre de Bengala. Sola con lo peor de mí, sola con mis neuras y mis ditorsiones, mis filias y mis fobias, mis impulsos, mi ego y mi ombligo de oro, mi necedad, mis prejuicios y mi occidentalidad en máximos históricos, y aunque por una parte esta segunda incursión en la india me va a servir, o quiero que me sirva al menos porque aunque siga estando para que me encierren, soy buena persona, o por lo menos eso pensaba antes de conocerme más a mí misma, que me va a servir decía, para resarcirme de la primera… pero que por otra parte no las tengo todas conmigo de salir airosa y de no acabar encamada en algún psiquiátrico de renombre.

La parte positiva es que soy consciente de mi nueva realidad. Es decir que reconozco cuando mi estado muta de angelical a «aparta de mi vista, o no ves que estoy muy loca», y a pesar de que aún no he encontrado la cura, voy reconociendo cuando es el momento de echar a correr para evitar entrar en colapso. Aunque me estoy planteando que quizá se deba al propio carácter, y a los límites que todos tenemos, total no me hace falta ir la India para llegar a ese temido punto de no retorno, lo cual me dificulta la cosas…

La otra parte positiva es que también soy consciente de que la realidad que me envuelve es otra que esta que se me ha pegado a la piel. El mundo siempre nos ha tratado bien. Nos han invitado, en casas, restaurantes, a pescar y a vodka, nos han parado y llevado y ayudado haciendo autostop, y aquella vez que nos quedamos tirados en China con la moto, disfruto cada momento, incluso los que antes desechaba por incluir atardeceres o naturaleza, y en la India, ay la India me regaló momentos sublimes, tuve episodios de felicidad hasta el delirio. Por eso necesito apartar este velo de crueldad que me tiene fijándome en lo peor.

De todas maneras lo que más me preocupa ahora no es nada de eso. Lo que más me preocupa es el cuadro griposo que arrastro y que no se me va ni medicándome y me tiene arrastrándome allá donde vaya, a merced del sofá y haciendo sonidos de anciano acabado a cualqueir movimiento. Lo que me preocupa es meterme en la India y tener que enfrentarme a ella en estas condiciones y con esta inestabilidad ya no mental, si no física, que si la primera vez acabé como acabé, hecha una piltrafa, durmiendo, vomitando y maldiciendo, no sé qué va a ser de mí ahora que apenas me tengo en pie.

Aunque pensándolo tal vez sea mejor así. Que esté demasiado cansada para enfrentarme a discursos morales sin sentido y sin capacidad ni fuerzas de sacarle punta a nada.

Voy a dejar la medicación.

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