Carretera de los Huesos. Intro

Martes 3 de marzo de 2020, día 1 del viaje

Todavía tengo tierra en mis zapatos y la India en la piel cuando viene un taxi a buscarnos a las 4 de la madrugada para acercarnos al último fetiche viajero de mi compañero, la Carretera de los Huesos, una carretera situada en el extremo oriente ruso, en la región de Kolimá, creada en plena fiebre del oro en el período stalinista para extraer y acercar el mineral de las vastas y remotas regiones siberianas hasta el Pacífico, y construida a pico y pala por la comunidad presa bajo su yugo persecutorio.

Una fuente inagotable de recursos humanos, que iría muriendo bien por el frío bien por las balas sin avisar de los centinelas, y cuyos cadáveres no se molestaron en enterrar y eran abandonados en el lugar de su muerte, formando parte de los cimientos del camino. Este último hecho fue esa vuelta de tuerca de más que la convertiría en leyenda.

Este pasado truculento, la frontera mental humana, que nos sitúa esos territorios indómitos y salvajes en los confines de la Tierra, más allá de la Rusia occidental donde todo es tundra, permafrost y desamparo, más el clima subártico extremo que lo habita y que los envuelve aún más en un halo de misterio y soledad, son los ingredientes perfectos para que los profesionales del gremio viajero, embaucados por las historias que brotan de Siberia, se lancen a recorrer esta autopista del destierro, llamada oficialmente la autopista de Kolimá o Ruta 504.

Se considera su principio en la ciudad de Magadán, porque era el punto de entrada por mar de los deportados convertidos en mano de obra, y la Carretera se adentra dos mil kilómetros hasta las regiones orientales de Yakutsk, uno de los puntos más fríos del planeta, pero la tercera ciudad más poblada de la siberia nororiental.

Nosotros la haríamos al revés, de Yakutsk a Magadan.

Que si tenía miedo…. dudas mas bien. ¿Qué debían ser cuarenta grados bajo cero?. No sabía de qué sensaciones estábamos hablando así que tampoco podía prever qué saldría de ahí de mí. Quizá lo que más me horrorizaba en mi mente sin mancillar no fuera ni siquiera el helor inimaginable, que también, si no el hecho de tener que recorrerla en autostop. Entonces los límites de mis temores se rompían y encontraba los de más allá, ya relacionados con la supervivencia: ¿Y si el autostop nos dejaba en Narnia? ¿Y si nos perdíamos en mitad de una tormenta de nieve y uno de los dos moría congelado y el otro se veía obligado a comérserlo si quería vivir para contarlo? ¿Y si acabábamos saliendo en todos los telediarios?

Esta vez no estaba tan segura de crecerme ante la adversidad…

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