Carretera de los Huesos. Yakutsk, la ciudad del permafrost

Miércoles 4 de marzo, día 2 del viaje

Un par de avionetas descuartizadas en la cuneta con las entrañas llenas de nieve y una Uaz surcando las pistas de aterrizaje para atender nuestro avión recién llegado, fue todo lo que necesité para sentir la inmersión repentina en el viaje. Es lo que tienen los reencuentros con los viejos amigos. Esta era mi tercera vez en Rusia. Cuarta para el Valenciano.

Salir fuera del aeropuerto esta vez serviría para comprobar el tan cacareado y nunca antes habitado helor y sentirlo en nuestra piel y saber por fin de qué estábamos hablando. No era un frío violador, como la helada que nos pilló en China y además colapsó el país, mas bien era un tipo de frío que iba haciéndose contigo y conquistando tus reservas de calor con el paso de los segundos y que clama al refugio. Ya conscientes del nuevo escenario, entramos de nuevo en la terminal, medio aturdidos, nos recolocamos bragas y guantes y salimos a la calle de nuevo dispuestos esta vez sí, a coger el autobús 4, el que nos llevaría a la capital, Yakutsk, siete kilómetros más allá. Y que por suerte pasa cada tres minutos.

El hotel no fue difícil de encontrar. Ya sabemos descifrar las puertas blindadas y las fachadas encriptadas e incluso algunos vocablos cirílicos. Lo primero que hice yo fue colocarme los térmicos bajo los pantalones y otra manga más. Lo segundo que hicimos fue ir a la búsqueda de un banco, un Sberbank, un paseo en vano porque no resultó estar donde pensábamos y nos obligó a dar la vuelta al mundo en 80 días a menos quince grados y desear la muerte, o por lo menos un calzado impermeable al permafrost, gracias, y lo tercero… lo tercero fue pensar en la jubilación viajera y dedicarme a la cría del berberecho otra vez porque no las tenía todas conmigo, después de tantear el panorama, que pudiera manejar aquella tesitura y aguantar la exposición, algo a lo que encima en unos días habría que sumarle el autostop. Nos íbamos a cagar.

Pero después de un primer reencuentro con los comedores rusos, y su cocina -por la que ahora me prostituiría-, y una siesta de cuatro horas -que en realidad no era una siesta si no nuestra noche- volvimos a salir ahí fuera sobre las 8 de la tarde con el ánimo renovado para comprobar… que estaba completamente equivocada.

Yo pensaba que la gente que habitaba estos parajes no salía de casa mas que para lo esencial. Pero no es así, hay vida más allá de la puesta de sol. En la plaza Lenin, decorada con túneles de luces y esculturas de hielo que cambian de color cada dos segundos y por los que la gente pasea y se toma fotos, también hay instalados unos toboganes en los que padres e hijos se tiran y se divierten, y acababan deslizándose por el hielo hasta allí donde alcanza la vista, una vez tocan el suelo helado. Un detalle insignificante y gilipollas pero que me acercaba a la vida que se vive por allí y por tanto me daba pistas y herramientas para enfrentarme, en mi mente, a lo que estaba por venir.

Y la ciudad no nos sorprendería menos. Pero de eso ya se encargaría Sasha mañana.

Mientras tanto volverían los trastornos por congelación. Y por ende mi aclimatamiento al terreno hostil. Personalmente lo que peor llevaba al principio eran los pies. Una mano congelada por un exceso de fotos vi que era recuperable con unos minutos de bolsillo. Pero unos pies envueltos en unos tenis de quince euros a quince grados bajo cero, era algo más difícil de solventar sobre todo si tenemos en cuenta que aún no había aprendido a levitar físicamente y solo lo había conseguido a nivel mental…

Jueves 5 de marzo, día 3 del viaje

Como estábamos ávidos de emociones, decidimos partir uno de los somiers de una de las camas a las dos de la madrugada, y pasarnos una hora haciendo tareas de bricolaje a la amanecía, arrastrando láminas y reencajando estructuras, todo en profundo silencio y ahogando gritos de dolor y esfuerzo, para que la dueña del hostal, que dormía en una diminuta cama dispuesta detrás del mostrador de la recepción, al otro lado de nuestra pared, no se coscara de que en realidad no podemos salir de casa sin liarla ni protagonizar alguna escena al más estilo película de Almodóvar.

Como además soy enemiga del descanso, y la diferencia horaria de nada menos que de diez horas no contribuye y si lo hace es para desorientarme más, decido despertarme a las tres horas de habernos acostado, y lanzarme a las calles de la ciudad para ocupar mi tiempo haciendo como voy a por el desayuno, para encontrarlo todo cerrado y volverme a casa con las manos vacías, a excepción por supuesto, del maravilloso espectáculo que me brindaba la ciudad un jueves normal y corriente en su hora punta. Tráfico intenso, niños acudiendo al colegio, coches aparcados con el motor en marcha para evitar que se congelen los motores, y hombres con palas despejando aceras y espacio comunes, una completa banda sonora urbana que a pesar de todo su ruido implícito, me daba la impresión de no conseguir alzarse del todo sobre la quietud blanca todopoderosa y una extraña sensación de ver movimiento sobre un mundo detenido, con el que nunca llega a tocarse.

A la una Sasha se persona en nuestra habitación. Es nacido aquí, con rasgos yakutos, menudo, simpático y una vida entregada al turismo encubierto y a su tarea de enseñarnos la ciudad y sus rincones.

Ese día no andaríamos muy lejos.

Una compra imperiosa de un calzado decente que nos permitiera sobrevivir a nuestro próximo periplo por este fin del mundo en un mercado chino tipo búnker, un festival folklórico celebrando el hermanamiento entre los pueblos del norte que nos encontramos por casualidad en la plaza Oyunski y en el que raramente me mimeticé y me dispuse a bailar con ellos, fascinada, una vuelta por la Ciudad Vieja, donde se sembró la semilla hace 400 años que daría lugar a la ciudad que hoy conocemos, y una cerveza, después dos, después tres y así hasta seis litronas y muchas risas de ésas absurdas entre borrachos además en varios idiomas, fue lo que nos llevamos ese primer día en el que llegamos a casa a la una de la madrugada seriamente perjudicados. Yo no, claro, que para eso soy de corte extremo y capaz de llevar cualquier actividad hasta los límites insondables de mi persona para acabar a) vomitando hasta la extenuación, b) confundiendo al camarero con el Valenciano, c) desatar la pantera negra que llevo dentro o d) todas juntas. Así que intento mantenerme lejos de aquellas cosas que tanto me gustan pero que acaban llevándome a la perdición.

Viernes 6 de marzo, día 4 del viaje

Nos levantamos y salimos a comer antes de que algo nos lo impida. De postre, ensalada de caballo que nos trajo nuestro amigo Sasha después al apartamento. Carne cruda troceada aliñada con cebolla, pimienta negra y sal.

Nos vamos.

Hace un día primaveral. O eso, o nuestros cuerpos mediterráneos comenzaban a acostumbrarse.

Ha llegado el momento de salir de la ciudad.

Hoy el plan del día es visitar el Chochur Muran, un complejo turístico al que te lleva el autobús número 7 y que está a los pies de la montaña que lleva el mismo nombre, a 5 kilómetros del centro.

Cinco kilómetros que nos muestran la magnitud de esta ciudad, que en mi ignorancia por falta de credibilidad y de no tener con qué comparar, imaginaba inerte. Hay tantas cosas por hacer y tantos museos,… del mamut, de Arte yakutio, literario, de arqueología, del exilio político,… y teatros, y Ópera, y ballet y danza… hasta festivales de cine que reúnen a celebridades del todo el mundo. ¿Estamos locos? Pues sí, un poco.

Pero a lo que íbamos, el Chochur Muran aglutina varios restaurantes hechos de troncos de madera siberiana y adornados con luces de navidad y esculturas y arcos de hielo, y por lo menos en uno de ellos, en el que entramos, colecciones de objetos históricos como por ejemplo esqueletos de ballena beluga suspendidos en las alturas, una tienda tradicional hecha de pieles con alfombras de piel de oso junto a una percha con trajes de atrezzo indígena para poder disfrazarse, cabezas de renos y morsa incrustados en las paredes, cuadros hechos con alas de mariposa,… todo dispersado por los espacios comunes y salas privadas con mesas llenas de manjares típicos a la espera de los comensales, por lo general turistas, una mezcla que me pareció un pelín siniestra y hasta paranormal. Y encima por encima de aquel visionado se me alzaban cánticos de sobremesa y vodka de las salas colindantes. Fue como recorrer el pasaje del terror mientras suena Paquito el chocolatero.

Pero lo mejor de todo fue cumplir un sueño que me había descubierto el Pirineo catalán hacía un par de años, sí, aquella vez en la que nos sorprendió una tormenta de nieve y por poco nos tuvieron que ir a rescatar,… y que no sabía que tenía, montar en un trineo tirado por huskies. Algo que por otra parte me desveló también la dinámica de jaulas y horarios de los perros que, aunque bien cuidados y atendidos, no pude evitar advertir en mí cierto desazón. ¿Que cuánto cuesta? Por 300 rublos te dan una vuelta al circuito de menos de cinco minutos.

El autobús 41 nos devuelve al centro. Bueno al centro no, antes había que pararse a comprobar una cosa en la estación de autobuses, los horarios que mañana nos sacarían de aquí y nos llevarían a una pequeña localidad a unos 20 kilómetros de Yakutsk, Nizhny Bestuakh, donde empieza La Carretera y nuestra aventura de los Huesos.

Con las tareas de logística transportista solucionadas, que no nos servirían para nada porque al día siguiente ni autobús ni hostias y tuvimos que hacer la travesía en taxi a costa de un pobre señor que nos cedería su plaza, nos dirigimos a las calles de nuevo para esperar el 17 pero hacía tanto frío que cogimos el 3. Para acercarnos al parque de hielo más grande del oriente ruso. Un lugar donde puedes despeñarte ladera abajo bien desde un tobogán de hielo, para acabar deslizándote como un pingüino, y reírte como una loca, bien desde una de esas pelotas inflables transparentes, capaces de dejarte como un mal viaje de tripi, todo mientras la muerte te persigue alegremente los talones por hipotermia severa. Un parque de atracciones construido sobre el mismo río y que por ende se monta y desmonta por estaciones.

Y prácticamente lo último que íbamos a hacer antes de despedirnos de Sasha para siempre y cruzar a Narnia.

 

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