Carretera de los Huesos. De Khandyga a Ust Nera, 561 kms

Diario de Siberia, domingo 8 de marzo, día 6 del viaje.

I. Oleg dice

Solo nos quedamos aquella noche.

A la mañana siguiente los rusos habrían desaparecido, lo que nos permitiría despertarnos sobrios y desayunar mantequilla derretida por las altas temperaturas de las viviendas, pero disfrutando de cierta tranquilidad y en silencio, tal y como a mí me gusta, con mi té, mi ventana y mi clausura mental,… y nos abrigaríamos hasta los dientes para salir ahí fuera otra vez a seguir con nuestra vida o lo fuera eso que sea el ser viajero.

Caminamos hasta las afueras de la ciudad unos veinte minutos y esperamos otros diez hasta que pasó Oleg con su Corolla lleno de trastos, algo que empiezo a advertir habitual. Igual que las lunas rotas.

Oleg hablaba por los codos. Con mucho esfuerzo y tirando de inventiva, logramos entender que iba a alguna parte a visitar a no sabemos quién por alguna razón que tampoco llegamos a dilucidar. Al principio nosotros entendíamos que iba a trabajarse a una tal Marta pero en realidad lo que nos intentaba explicar era que aquel día no se trabajaba porque era el día de la mujer. Por la noche comprobaríamos que se celebra a lo grande, pero no en un marco reivindicativo como nosotras si no en forma de quedadas nocturnas con comida, vodka y flores. Muchas flores.

Lo que nos salvaba la precaria comunicación con Oleg es que sabía algunas palabras en inglés, y cuando digo algunas estoy siendo generosa, dos o tres, el resto era por mímica, que después nos traducía al ruso y yo anotaba en mi diario como si en alguno momento futuro me pudiera ir la vida en ello. Que con esta gente nunca se sabe y aunque nunca he sido una niña muy fina, quién sabe si podría necesitar palabrejas como cazar, reno, ciervo, lobo, oso, bonito, y que finalmente acabamos utilizando, sobre todo la última.

Después de cien kilómetros Oleg se detuvo. Él se desviaba. Se ofreció a llevarnos hasta el próximo punto urbano, a 65 kilómetros pero ya había hecho suficiente. Le dimos las gracias y nos despedimos para siempre. Estaba nevando. No había parado en todo el día.

Nos dejó en un punto estratégico para no morir. Aunque a mí me parecía estar en la nada más absoluta. A un lado se extendía una gran explanada con algunos camioneros poniendo a punto sus máquinas, y al otro, un caminito blanco entre la tundra pelada se precipitaba hacia un café. Y si no hubiera sido por ambos posibles salvoconductos a mí me daba la impresión de estar abandonados a nuestra suerte en el mismísimo culo del mundo.

II. El culo del mundo y lo que estaba por venir

Efectivamente ya se había abierto ese melón y nos encontrábamos en el culo del mundo a juzgar por los lotes y lotes y lotes de terreno deshabitado que estaban por venir, temperaturas de 40 bajo cero, tormentas de nieve en carretera, camiones saliendo de minas, derrapajes sobre la nieve, contenedores en los que vivían trabajadores a mil años luz de cualquier civilización, llanuras saqueadas en busca de oro, gasolineras que trasladaban a espacios tridimensionales, lobos y una larga cadena de pequeños etcéteras, reconvertidos a nuestros ojos en grandes momentos capaces de dar de sí todas las costuras.

Y es que yo aún andaba con el atontamiento prolongado que caracteriza a quien le están pasando más cosas de las que puede digerir, o se imaginaba algo que después resultó ser todavía mejor, pero fue cruzando la cordillera de Kolima, potente y desnuda, con Sergey y Dimitri, unos amigos que viajaban con sus dos coches y aceptaron dejaron en Ust Nera, a 500 kilómetros, en su camino a casa, Chukotka, cuando tuvo lugar un choque de elementos cuánticos que me colocó de una brusca patada mental en ese aquí y ahora que llevaba días esperando, mas que nada porque habían demasiadas cosas dejadas a la imaginación y por fin empezaban a tomar forma.

Qué hacéis aquí? me preguntó Sergey mientras yo sufría una erección emocional. Le di un argumento después dos después tres y ninguna respuesta parecía convencerle. Para él era solamente una carretera que le llevaba a casa. No había nada a su alrededor de fantasía ni de nada, ni aún siquiera siendo la primera vez que pasaba por allí.

Dimitri era el que se conocía la zona, el que daba gas y el experto. Él iba delante y decidía las paradas. En una de las tantas Sergey se bajó del coche y me dejó sola. Momento en el que aproveché para salir de mi cuerpo y verlo todo desde arriba. No estaba en un lugar del mundo si no en un punto del planeta.

Pero para puntos del planeta el de la única gasolinera que hay entre Khandyga y Ust Nera. A 321 kilómetros y a 241 respectivamente. Es como un oasis en el desierto, lugar mítico de la carretera y famosa en el mundo entero. Imagino, ahora visto desde la distancia del tiempo, que su capacidad hechicera viene dada no por habitar la nada, si no por el estado emocional en el que te han sumido 300 kilómetros de soledad. El mismo efecto pero a la inversa, que el que producen las dunas del desierto cuando venimos de una vida agitada y sin un segundo para respirar, y el vacío nos pilla por sorpresa a la vez que nos da la sensación de pulir el alma. Algo que conforma lo que yo he venido a denominar «La Teoría de los Opuestos», esa en la que los opuestos se atraen tanto tanto tanto, que resultan ser la misma cosa. O persona. Una revelación que no puedo deshilachar ni desarrollar demasiado pues fue una conclusión a la que llegué en un momento de esos en los que la mente divaga en la profundidades existenciales fruto del consumo exacerbado -que ahí sí que tengo un vicio malo-, mientras intentaba dar explicación a la India -sí, todavía estoy con eso- y esas formas de vivir tan ajenas a mi persona que me volvieron del revés y consiguen sacar lo peor de mi persona. A pesar de los buenos momentos que ésta me dio, que todo hay que contarlo.

La cuestión es que entramos en el café y las pocas costuras que habían resistido a las últimas emociones vividas estallaron como látigos de acero. Era un comedor normal y corriente pero que supuso un momento ajá, un momento revelador de esos en los que finalmente tomas plena conciencia de donde estás metido, tras días de recelo y de dudas porque este no era un viaje común, en mi cabeza había demasiados peros y elementos indisolubles, el frío extremo que no alcanzaba a imaginar, el autostop en ese vacío mental, y abrazándolo todo, el azar, es decir que lo más pequeño ya me venía grande. Y ahí, sentada en una esquina tomando un té, entre cuatro paredes hechas de troncos de madera siberiana y esos hombres de vidas hechas de minas, caza y bosques, empecé a digerirlo todo y a relajarme, hasta el punto de caer en el otro extremo, ese en el que la un exceso de positivismo me desvirtúa la realidad. Y vuelvo a ser la misma inconsciente de siempre.

Cuando ya pensábamos que la vida no podía sorprendernos más, Sergey nos dejó su coche y él se trasladó al de su amigo Dimitri. Aquello fue como si nos hubiera tocado el euromillón dos veces y además ahora nos regalara un bonus. Después vino la planicie blanca e infinita y un atardecer que lo enrojeció todo y nos acabó de rematar. Y después la noche y después las montañas y las formas imposibles y timbartianas de los árboles cubiertos de nieve, creando un mundo irreal a 30 grados bajo cero, 60 menos que en el interior del coche. Empecé a preguntarme dónde estaba el límite. Días después descubriría que no lo hay. Cuando uno se abandona al azar en las profundidades de lo desconocido nunca está todo escrito.

A las 21.40 un centelleo de luces tras la tundra calva -o es taiga?- nos anunciaba el fin del viaje y la llegada a Ust Nera. Estaba cansada. Los chicos nos llevaron a la única pensión de la ciudad y un termómetro a treinta y tres bajo cero nada más bajar del coche me alejó más aún de mi centro y me prometía que aún vendrían más cosas por digerir. Nos despedimos con la mano en el corazón. Fría me quedé cuando Sergey nos dijo que no iban a parar, que iban a conducir toda la noche hasta llegar a casa. Aquí los tíos se meten unas palizas en carretera que los deben dejar siendo otra persona. Pero no hay como un cerebro habituado y haberlo hecho toda la vida para aliviar esa sensación, y otro no habituado como el mío para no poder creérselo. Perspectivas. Como siempre.

III. Ust Nera

Subimos unos escalones y anduvimos a la intemperie unos metros sobre una pasarela de acero. Ni tres puertas sirvieron para tapiar los gritos que venían del interior del edificio. Me quedé con la mano a medio movimiento al abrir la puerta, después comprobamos que eran gritos de jarana y entramos sobrecogidos pero expectantes ante la verdad que se estaba por descubrir, fuera ésta la que fuera. A esas alturas yo ya había perdido el norte y estaba predispuesta a todo.

Era un portal a los que ya empezaban a tenernos acostumbrados los rusos. Un zona común oscura y sin embaldosar en los que varias mujeres y hombres celebraban el día de la mujer al amparo de unos bafles amplificadores situado en el suelo sonando a toda virolla y de una mesa rebosante de platos y boles llenos de pescado y ensaladas. Al entrar nos jalearon, intentamos llegar a las escaleras pero fue en vano, nos arrancaron las mochilas y nos obligaron a sentarnos en unas sillas, que no eran sillas si no una hilera arrancada de alguna consulta médica o aeropuerto, y nos sirvieron un poco de todo explicándonos a gritos que todo aquel despliegue festivo era por el día de la mujer.

Y claro, aquel día no tuvimos tiempo ni ocasión de huir como en anteriores ocasiones y el valenciano, que estimó haber cumplido con la tradición un par de días atrás en Yakustk con Sasha, se retiró a sus aposentos, pero yo, que pretendo ser una persona decente y responsable, me vi de nuevo envuelta de repente en una espiral de compulsión y desenfreno y empecé a beber y a beber samagon como si me dieran cuerda, volviendo a la habitación dos horas después arrastrándome por aquel vinilo descatalogado como en los viejos tiempos.

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