Sobre mí

Empecé a sospechar de que la sociedad era una puta farsa y una mentira allá por el 2013. Y de que quejarse era inútil, unos meses. Lo único que tenía sentido era desvincularse por completo. Me había dejado robar a cambio de qué? de un coche nuevo?, de una casa regalada?, de un ascenso laboral?, y me había mantenido calladita y buena escuchando a los que jamás construirían nada. Pero mis alas se iban desplegando en mi interior, ganando terreno sin apenas darme cuenta a fuerza de negación y de inconformismo. Justo en ese momento en el que empiezas a convertirte en un ser invencible.

Empecé a analizar mi situación y me decidí a actuar. Estaba muy lejos de mi meta, me había hundido demasiado, así que propuse empezar a liberar lastre uno a uno y pedí el divorcio. En plena lucha contra el mundo estaba cuando apareció Viaja o revienta, un viajero impulsivo, contestatario, emocional, rebelde, sublevado contra todo y todos, aunque menos cabreado con la vida que yo, de botas embarradas y pasado indócil y bizarro, maravilloso, canalla y misterioso, y también un poco roto, que también se atrincheraba en cualquier parte del mundo y se paseaba por éste como por las habitaciones de una casa. Atiende al nombre de El Valenciano en esta bitácora. No tardé demasiado en darme cuenta de que a pesar de haber llevado vidas diferentes, en el fondo estábamos hechos de la misma pasta.

Al cabo de unas semanas nos conocimos en persona y ya no hubo vuelta atrás. Solo él me comprendía y la vida se me abría camino. Ahora me doy cuenta de que di tanto por saco que el Universo no solo tuvo a bien darme lo que quería, sino que acabó regalándome a una de esas personas mágicas que se esconden por los rincones del mundo y que pasan desapercibidas y son difíciles de encontrar.

Su entrada en escena lo aceleró todo. Volví a casa y anuncié mi marcha, cogí algo de ropa y el dinero que me quedaba tras una vida de despilfarro, lo metí en la mochila y me hice con el primer billete de mi vida de solo ida. A Valencia. El resto de vida que no pude llevarme conmigo lo metí en un par de sacos de basura, un par de cajas de cartón y un baúl de madera. Había esta picoteado el cristal con fuerza pero ahora echaba a volar.

Empezamos a viajar juntos. Me obligaba a rebasar mis límites, a hacer lo que yo no haría, a comer lo que yo no comería, a ir donde a mí ni se me ocurriría y allí, a ese otro lado, donde existe el miedo, aprendí a amar de nuevo, a amar de verdad, todo de repente tenía sentido. Yo sabía que tenía que haber algo más, la vida no podía ser lo que me decían, un cúmulo de adquisiones inútiles, un trabajo para pagarlo todo y unas terapéuticas cervezas al sol. Cuanto más feliz era, más odiaba mi casa, Mallorca.