Ust Nera, cinco minutos

Martes, 10 de marzo de 2020, día 8 del viaje. Diario de Siberia.

Aquella mañana al salir de la pensión me encontré con una estampa difícil de digerir.

Hasta ahora me había habituado a la campiña nívea, comprobado la frialdad letánica de las cordilleras, habíamos consolidado las dimensiones del frío, incluso aprendimos a distinguir los grados jugando a las adivinanzas con los termómetros. Es decir, que habíamos desarrollado cierta perspicacia respecto a lo que nos rodeaba.

Habíamos visto de lo que era capaz la naturaleza a golpe de atardeceres imposibles, de paisajes irreales, de amaneceres de infarto. Como en todo viaje que se precie hubo su par de momentos revelación, momentos en los de salir uno de su cuerpo y levitar, y el otro, en el café Cuba, en el de la gasolinera remota, de repetirme una y otra vez como una lerda, tartamudeando en mis pensamientos, que eso era lo que la imaginación no había sido capaz de superar, que eso era, que estaba allí!!! que volviera en mí,… y finalmente el momento rendición, ese en el que uno ya se da por vencido y ve que es inútil luchar contra los elementos, que las barreras solo están en su cabeza, y dado que aún seguíamos con vida, ya solo me quedaba entregarme a la certeza de que iba a estar siendo acribillada constantemente. Violada emocionalmente. Y que lo empezara a aceptar. El resto del camino, los 1260 kilómetros que nos quedaban, de allí en adelante, todo iba a ser un toma y daca, un suma y sigue, una sucesión indigna de abusos a golpe de momentos sublimes y espectáculos de cortar la respiración. Y que debía estar preparada para todo.

Pero todo volvió a ser demasiado cuando aquella mañana saldría a la calle y descubriría la ciudad a cuarenta bajo cero. A cuarenta bajo cero!! Estamos locos? Pues sí, un poco.

A diferencia de otras ciudades, o mejor dicho a diferencia de otras temperaturas, de -20 o así, el aire dejaría de ser aire para convertirse en una bruma espesa y suspendida capaz de convertir en hielo todo lo que tocaba y de dejar a cualquiera al borde del desprendimiento emocional.

Anduve unos metros anestesiada, como intentando recomponer todos los ingredientes en mi cabeza. Porque no era solo el frío. Estábamos en Rusia y a los inquietantes rigores térmicos había que sumarle sus habituales en forma de tuberías haciendo piruetas en las alturas, los edificios esparcidos y solitarios, que alimentaban la sensación de palidez y  abandono y de estar yendo a por droga, las chimeneas de las centrales térmicas echando humo, que recreaban un horizonte apocalíptico de devastación, las manadas de perros callejeros, que no enternecían demasiado la escena, mas bien la impregnaban de más decadencia,… los coches siempre en marcha, el cielo siempre gris, el sol siempre intentando llegar, sin éxito, a algún rincón.

Intenté recordar los paisajes que habían conseguido inmovilizarme de aquella manera y no lo conseguí.

Cuando llegué a mi destino tenía el pelo crujiente a causa de la escarcha. Habíamos dejado atrás el clima tropical de Yakutsk y ahora estábamos en un sitio, ya un poquito más al este, donde el mundo ya tenía sus propias reglas, y los móviles se apagaban, los coches llevaban abrigo, los garajes tenían calefacción, el mundo que conocíamos había dejado de existir!! Otra vez. Y otra vez me pillaba reseteada a cero. Ahora uno podía quejarse del frío a partir de menos treinta, antes no, los móviles obedecían a la nariz, que era lo único del cuerpo que yacía a la intemperie, junto a las pestañas congeladas, y la distancia no se medía en metros si no en tiempo, en el tiempo que tardaba tu cuerpo en desprenderse del calor acumulado. Que era de cinco minutos, cinco!! o lo que es lo mismo en lenguaje urbanita, dos esquinas.

Cinco minutos. Cinco minutos de enajenación mental transitoria por exceso de información. Cinco minutos que quedarán muy arriba en el ránking de lugares que me han cortado la respiración, junto a las montañas de Yang Shuo, el valle AltYn Ashran, los icebergs de Islandia o la puerta de aquella habitación de Benidorm, con eso entre mis manos. Cinco minutos que exigirían dar más de mí, que me alejarían más aún de mi centro -al que había perdido la pista hacía mucho tiempo-, que me obligarían a ajustar otra vez la imaginación a la realidad….

Y solo iba a por un donut.

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