Susuman, ven a mí

Maksim se fue tan serio como llegó. Después de 9000 kilómetros desde Moscú el pobre ya era solo carne, y con las neuronas justas para llegar a su destino. Apenas hablaba. Continuó su camino y nos dejó frente a un ‘гостиница’, una palabra que ya sabíamos leer, gostinitsa, y traducir, hotel.

Después de lo vivido yo ya me había hecho a la situación y a pesar del aspecto pálido y lánguido que le confiere el hielo a los lugares, y de que la ciudad era nueva y aún por desenmascarar, y de que se presentaba, como todas, con un punto que al principio te expele, con un aire inaccesible, misterioso, antipático, yo ya sabía que de misterioso nada y entré en ella poseída en plan ‘Susuman ven a mí’ ante la certeza de que iba a dejar huella y deseando ver cómo se las gastaba, y con qué y con quién nos íbamos a encontrar.

El gostinitsa. Como venía siendo habitual los edificios albergan varios establecimientos, para aprovechar el calor, y como venía siendo habitual también nos toca ir abriendo y cerrando puertas para desvelar qué se esconde tras ellas. Más las dos o tres puertas de rigor que usan para aislar los edificios de la temperatura glacial del exterior que nos envuelve a todos.

El suelo no era suelo sino pavimento de hormigón. En la entrada había una papelera basculante de metal y toda la basura en el suelo. Las ventanas eran gigantes, y una gran y majestuosa escalera con los escalones raídos y llenos de colillas se iba retorciendo hasta el cielo del edificio. En Rusia siempre parece que ha pasado algo devastador y que se quedó tal cual.

En la planta de abajo había un gimnasio y un bar cerrado. En la primera el hotel, con una gran recepción de paredes forradas con papel amarillo de la abuela, un sofá en un rincón recuperado de la postguerra y una chica tras un mostrador que nos dijo que costaba 80 euros la habitación doble.

Nos fuimos por donde vinimos y buscamos otro. No lo encontramos, porque aquí solo ellos saben donde están las cosas, así que nos tocó preguntar a un hombre que pasaba por allí y nos llevó a uno en el que por supuesto no había nada en la fachada que hiciera sospechar que aquello era un hotel. 23 euros la plaza. Nos quedamos. Eran las seis de la tarde. Antes de salir e ir a por un stolovaya, un comedor ruso tipo buffet, dejamos un mensaje escrito a un chaval del lugar para vernos.

Comemos, algo que en Rusia se me antoja siempre el mejor momento del día, como en Japón, y damos una vuelta para descubrir un poco la ciudad.

Parece pequeña y fácil. Hay pandillas de perros cerca de las tuberías que distribuyen el calor entre los edificios. Me pareció menos laberíntica de lo habitual en las ciudades rusas. De estructura sencilla, con manzanas cuadradas, una avenida con casas majestuosas de madera y luces, un ayuntamiento con una plaza y un termómetro marcando la temperatura en su fachada, – 25.

Una sopa, una ensalada de cangrejo, unos crepes rellenos de курица, kuritsa, pollo, con queso, mojando a cada bocado con smetana, un crema agria con sabor a yogur en la que mojan todo y a la que yo también me aficioné desde que la descubrí en San Petersburgo un par de años atrás, y muy frecuente en los países eslavos, una lasaña de patata y dos vasos de zumo de baya, 8 euros. Aquí ni café ni postre ni sobremesa. La gente come y se va. Nosotros también, aunque he de reconocer que me cuesta habituarme a esta costumbre, sin darme un tiempo para clausurarme mentalmente y pensar en las musarañas o divagar libremente sobre lo que sea.

Volviendo al hotel paramos a comprar pescado y cerveza. Una chica nos escucha hablar en español y se detiene. Había estado en Barcelona. Veintitantos, rubia, es de Moscú, ha venido a pasar unos días con su familia porque es su cumpleaños, se llama Ilona y lleva un perro minúsculo en brazos, un pomerania, con calcetines, ‘porque es de ciudad y no está acostumbrado a caminar por este frío‘, nos dice. El frío nos obliga a acabar la conversación antes de lo que quisiéramos. Nos intercambiamos los móviles para quedar en otro momento y se ofrece a enseñarnos la ciudad.

Al volver al hotel son las 19,30. Dejo el pescado y la cerveza en la nevera, o sea, al otro lado de la ventana, sobre un montón de nieve en el vierteaguas, y cuando esperábamos acabar el día tranquilos y al recaudo del calor de la habitación, leyendo un poco, contactando con los nuestros, al otro lado del planeta o escribir en nuestros diarios, nos contacta Pasha, el chico al que habíamos escrito un par de horas antes, invitándonos a su bar, el bar del gimnasio de la gostinitsa primera. Qué casualidad.

No es que nos diera pereza, que también, lo que pasaba era que ‘bar’ y ‘ruso’ eran dos términos que auguraban acabar con una borrachera del quince, volver a casa a las tantas, que por suerte estaba al doblar la esquina, no como en Kiev, que tuvimos que coger el metro y después andar dos kilómetros hasta la habitación, borrachos, y después no poder prometer nada de cara al día siguiente que aunque aquella vez nos íbamos a quedar un día más, no hubiera sido la primera ni la segunda que nos vemos obligados a alargar nuestra estancia endondesea y retrasar un día el viaje por la resaca.

Pasha, Alejandro en español, tiene 34 años y el pelo rapado estilo samurai, es decir, una coleta casi rubia que descansa sobre lados rasurados. Habla bastante bien inglés para lo nada que se habla en toda Rusia. Es simpático y guapete. Está casado con otro bombón y tiene dos hijos pequeños. El bombón y los dos niños se han ido a Magadan en busca de calor. Ilona también haría lo mismo en un par de días. Me empecé a imaginar Magadan como una especie de Benidorm, turístico y soleado, la gente hablaba de Magadan como nosotros de Ibiza o de la Costa del Sol, como un destino vacacional casi de sol y playa, pero a -10 bajo cero, que frente a los -30 de media que venimos experimentando desde aquel día en el que llegamos a Yakutsk, casi puede considerarse verano. Aunque solo sea porque uno ya puede transitar por las calles sin que el tiempo se mida en el mismo que tarda el cuerpo en deshacerse del calor acumulado. Lo que garantiza, ya no calor, pero sí el no tener frío y poder disfrutar de un paseo sin la muerte persiguiéndote los talones. Y eso aquí ya es mucho. Imagino que ellos buscarían eso.

Y si hace un par de artículos yo misma dudaba, porque empecé a plantearme, de si estábamos en la nada, o la nada era solo el territorio entre ciudades, ahora puedo afirmar que todo, entre Magadan y Yakutsk, y si me apuran más allá, era la nada, y que son las ciudades las que habitan en ella.

Quiero decir que si no fuera porque hace 100 años los análisis geológicos chivaron que aquí había oro en las cuencas del río, nadie hubiera creado aquí un asentamiento en el 36 que después se convertiría en aldea o campo de trabajo, y después en el 38, con la Dasltroy, en un centro de explotación minera, y no se hubieran generado infraestructuras ni carreteras para ello ni se hubiera industrializado hasta llegar a ser elegida para albergar una estación de pruebas automotrices, ni se habría catalogado de ciudad en el 64 hasta llegar a ser la ciudad que conocemos ahora. Como Yakutsk, que empezó siendo una estepa a la que huir de los mongoles, después fue fuerte cosaco, un ostrog, que es como una torre de vigilancia, de ahí a una provincia, y también dos siglos más tarde y por el mismo motivo, porque se descubrieron reservas de oro y otros minerales, se empezaría a industrializar, y hoy es la ciudad más poblada de la siberia nororiental y la tercera más poblada del lejano oriente ruso, con una agitada vida social e instituciones culturales de transcendencia internacional.

Vamos, que dudo que si no se hubieran minas y oro, que eso da trabajo y calor, allí viviera nadie.

Pasha nos invita. Yo me pido un café, que nuestro nuevo amigo se empeña en reventarme con un chorrito de vainilla, y el Valenciano una cerveza. Él se sirve otra y nos saca pescado rojo del mar de Magadan, porque pescado y cerveza aquí son un pack indivisible, como nosotros nuestra cerveza con el pincho de tortilla de patata o los cacahuetes. Es tradición, y las tradiciones, dicen, hay que repetarlas. Así que a comer y a beber.

‘Yo antes trabajaba en las minas de oro, todo lo que ganaba me lo bebía, drink every money’, nos decía ‘y al noveno mes, cuando cobraba el bonus, me iba de viaje a Thailandia y cuando volvía a Rusia ya volvía a no tener un duro. Y así lo hace todo el mundo. Nadie ahorra, nadie piensa en el futuro. Aquí todo el mundo vive al día. Y si te quedas sin dinero lo pides. Hay gente que se bebe todo el dinero que cobra y después pide adelantos en el trabajo para comer. Nos lo gastamos todo en celebraciones. El día de la mujer por ejemplo, se celebra comiendo y bebiendo. Lo celebramos como si fuera el cumpleaños de cada una de ellas, y claro, ellas esperan un regalo, da igual lo que sea, pueden ser unas flores o un coche’

‘¿Un coche?’

‘Sí, pero todos los hombres regalan flores. Y si no reciben ningún regalo, ellas se enfadan. Esperan un detalle. También tenemos el día del hombre, es el 23 de febrero y también es festivo, y viene siendo así desde la II guerra mundial, por defender la ciudad y todo eso…’

‘¿Y también os regalan flores?’

‘Jajjaja, no, a nosotros nos regalan algo de ropa o after shave. A mí este año me regalaron unos calcetines y champú.’

‘En España no tenemos men’s day, y el día de la mujer es reivindicativo, los hombres o se unen o se apartan, incluso tienen miedo’ le decimos.

¿Ah, no? Aquí tenemos muchas vacaciones y muchas celebraciones. La navidad por ejemplo, no tenemos, porque aquí no es un día especial, pero tenemos el año nuevo y empezamos a beber en diciembre hasta el 15 de enero. Cada día. Todo el mundo. Desde que sale del trabajo hasta la noche,… porque es la navidad ortodoxa’

‘Oye, Pasha, ¿y por qué siempre vemos tantos hombres con flores y hay floristerías abiertas 24 horas?’

Jjjajaja porque se habrá ido de farra y sea la hora que sea a la que vuelva a su casa, sabe que su mujer estará de morros y querrá compensarlo y aliviar la bronca… y además al día siguiente te toca hacer el desayuno, si ha salido ella le toca hacerme el desayuno, y viceversa’

Jajjaja, ¿y cómo lo hacéis para convivir con los osos?’

Ah sí, a veces vemos alguno, por la carretera, desde lejos. Mucha gente va al bosque a por setas o a por leña o a por lo que sea y nunca vuelve. Jamás. No sé por qué coño se mete la gente en una área forestal salvaje’

‘¿Pero si te encuentras con un oso tienes posibilidades de salvarte?’

Tienes fifty fifty posibilidades de sobrevivir. Si es una madre no podrás vivir para contarlo. Un día cuatro hombres salieron a pescar y se encontraron con una madre y sus dos crías, empezó a correr hacia ellos, y a unos 200 metros, viendo que no les quedaba otra, empezaron a disparar y aún así la osa llegó hasta sus pies. Además a los osos no les gusta la carne cruda, te matan, te llevan a su cueva y esperan dos meses a que te pudras para empezar a comerte. De todas maneras el problema que tenemos aquí no es con los osos, sino con los perros callejeros. No son de fiar’

Nos saca otra cerveza.

‘¿Tenéis hijos?’

Sí, tenemos cuatro’

¿Cuatro? Yo tengo dos, el pequeño tiene 10 meses, se han ido con su madre a Magadan porque aquí hace mucho frío. Nos gustaría ir a vivir a otro lugar más cálido porque el invierno es muy largo, dura 9 meses, y ahora estamos a -20 o a -30 pero en noviembre estamos a -65. Nadie por la calle, todo el mundo se mueve en coche

Y así hasta cuatro horas. Quedamos para el día siguiente, para enseñarnos la ciudad y dormir en su casa.

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